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Historia de Vida
Monday 15, June 2015
Resurgir de los escombros de la violencia

Virginia es una mujer que está muerta en vida. No es una descripción nada exagerada; lo está.

Virginia es una mujer que está muerta en vida. No es una descripción nada exagerada; lo está. Le mataron el alma desde hace varios años atrás y, aunque resurgiera como el Ave Fénix, lo siguieron haciendo o, por qué no, lo sigue haciendo la sociedad salvadoreña una y mil veces más.

La historia que cuenta esta mujer en poco más de 45 minutos, con voz cortada y de momentos entre lágrimas, refleja la profunda tristeza en la que viven miles de mujeres en el país, donde el concepto de familia, de sociedad está vulnerado y roto. El daño va más allá de los “valores”, el daño lo hace toda la sociedad cuando es indiferente y cuando acepta, perpetra y valida la violencia: nunca se curó.

Durante la plática, Virginia, de un aspecto refinado, piel tersa y blanca, que lleva puesta una camisa azul de algodón y que a simple vista tiene un gusto conservador y femenino para vestir, pide perdón a todas las mujeres por considerar difícil ser una de ellas.

“Es bien difícil porque hacia donde se vaya hay acoso, a donde se vaya hay maltrato y uno no puede exteriorizar por el temor”, dice consternada Virginia. ¿Por qué justificarse? Si la vida que le tocó pareciera sacada de una película de suspenso, pero que para su desventaja hasta hace poco no ha tenido ningún guion a su favor, aunque de a poco, casi a rastras, va vislumbrando un futuro diferente, en el que se pudiera volver a creer que hay esperanza.

Virginia es una mujer preparada profesionalmente. Maneja el rubro bancario hasta con los ojos cerrados; ahí, ha trabajado la mayor parte de su vida. Su fogueo le ha permitido ser independiente de forma económica, por lo que ha podido resolver la manutención de sus cuatro hijos, de quienes tres de ellos ya son adultos.

La vida familiar es considerada en esta sociedad como un ámbito privado, aunque en realidad lo no es; así se considera por temor o desconfianza a todo y quizá con más ahínco a las autoridades. De esta forma, lo reflejan la estadísticas publicadas en Háblame de Respeto, hechas en una encuesta territorial por las defensoras de derechos humanos. El Salvador cuenta una historia de guerra, de la que en realidad nunca salió y afectó cada uno de sus sentidos, sin excepción ni escapatoria y las generaciones lo repiten; es evidente.

Virginia se casó de 23 años, una edad considerable si lo comparamos a muchas jóvenes que han buscado una vida en pareja por las circunstancias aún a la edad de 15 años. De ese matrimonio, procreó tres hijos.

En ese hogar, ella vivió, entre otras, la violencia física. “Me golpeaba por todo”, dice sollozando Virginia. No le daba una buena vida, le quitaba hasta el más mínimo de sus derechos, no expresaba su sentir y guardaba silencio. Aquí, en El Salvador, tildar a una mujer de “masoquista” es fácil. “¿Por qué no se fue? ¡Aguanta porque quiere!”, se dice mucho, pero es un mito bien establecido. La violencia no es una condición que agrade a ningún ser humano, el sufrimiento nadie quiere vivirlo.

Ella, cuando tomó valor, habló y gritó que la golpeaban, pero nadie escuchó, nadie hizo nada, solo su madre. “Pidiendo ayuda y no la tenía. Siempre golpeada, aparte de la vergüenza de que yo llegaba a mi trabajo con los moretones”, continúa Virginia su historia con determinación.

La vida dentro de ese “hogar” finalizó el día en que su mamá llamó a un fotógrafo para que retratara su cara. Había quedado como un monstruo luego de una paliza. Fue a los Juzgados y acabó con ese matrimonio, del que la única dicha para sí, que había logrado conseguir, eran sus hijos.

También, finalizó cuando decidió quitarse la vida, ya lo había intentado, pero ese día estaba decidida. Se cruzaba las calles sin ver a ningún lado con la única intención que los buses la atropellaran.

Los sollozos de Virginia han comenzado a escucharse, ha recordado cuando violó toda la seguridad del Hospital Bloom, ubicado en San Salvador, El Salvador, y logró llegar hasta el último piso para dejarse caer, pero recordó a sus hijos y ese pensamiento la salvó. Ya no tuvo valor de hacerlo y decidió vivir.

Por si fuera poco y, pese a las deudas que tenía, aquel hombre decidió venderle la casa para que viviera ella y sus tres hijos. No era lo correcto, pero debido a que lo consideraba su hogar, decidió comprársela y empezar de nuevo una vida sola.

Nada cambia

Los días pasaron y Virginia había logrado estabilidad, creía que estaba lista para un nuevo “amor” o una relación abierta, como cualquiera tiene el derecho a decidir tener. En un principio, aquel hombre se mostró interesado en ella, con la voluntad y la decisión de vivir a su lado. Ella ansiaba eso, no de inmediato, pero con el tiempo ir dilucidando a ese compañero con el cual compartir el tiempo y enfrentar batallas juntos.

Pero aquella mente era perversa, nada menos que eso. Aquí, en este lugar en el que es difícil mantener la fe, la mayoría de la población carga con una dosis de trastornos mentales ocasionados por la violencia, pero de todas formas nada es justificación ni tiene la menor validez para desgraciarle la vida a una mujer y hundirla a su máxima desdicha.

La atormentó en sus 10 años de relación. Le mostró una cara al principio, pero no tardó en quitarse la máscara en la que escondía el rostro de la maldad más pura.

“Y se enteró quizás de esa solvencia, y empieza a acercarse, a que quería tener una relación formal conmigo. Que quería casarse conmigo. Llegó a hablar con mi madre y con mis hijos de que quería entablar una relación formal conmigo”, cuenta Virginia entre hondos suspiros.

Le dijo que iban a poner $9,500 cada uno para ampliar la casa en la que él habitaba y así todos, los cinco, iban a poder vivir juntos. Ella lo creyó porque el tipo era un profesor de trayectoria, que supuestamente había impartido clases en la Universidad de El Salvador (UES), un profesional como los pocos que hay en este país y que han logrado un estatus y un espacio en su área de estudios. 

Pero en su interior todo estaba podrido. El sueño del hogar se desmoronó en un abrir y cerrar de ojos. Él estaba metido en negocios ilícitos y se lo confesó.

“El grupo de personas con el que yo trabajo vamos lejos, en cosas ilícitas”, le decía. Aun así, pensaba que debía estar con él, creía, a lo mejor, que era lo que se merecía. Estaba resignada a un destino triste.

Para confirmar su “hombría”, aquel hombre le pidió que tuvieran un hijo, porque de lo contrario iba a dejarla. Ella accedió, no estaba convencida porque ya tenía tres y quería brindarles un futuro mejor,  pero tampoco se opuso. Al ver que no lo lograba, él le echaba la culpa, pero ella no la tenía. Tras un tratamiento de fertilidad para él, pudieron tener al hijo que este hombre tanto deseaba.

Cuando el pequeño ya tenía dos años, ella vio que no formalizaban nada. Pero él le ponía la excusa de que no se iba a vivir con ella porque no ponía la casa a nombre suyo. A pesar de las insistencias, que llegaban al hostigamiento, no lo hizo. Sabía en el fondo que era una mentira.

“Yo puedo hacer en este momento lo mismo contigo, te puedo matar, te puedo cortar el cuello y te entierran en esa hojarasca y nadie te va a encontrar”, le dijo desafiante aquel hombre al que le había entregado años de su vida y confianza, un día que fueron al municipio de Perquín, en el departamento de Morazán, donde están enterrados muchas personas a raíz de la guerra de los años ochenta que se vivió en el país.

Más de alguna vez, él le contó que había sido un excombatiente de la guerrilla, pero ella intentó averiguarlo y no aparece en ningún libro de historia ni listados. Tampoco en ningún lado que haga referencia a su nombre. A lo mejor, fue su sueño de pertenencia a una causa, que nunca logró concluir. O fue creerse y sentirse cobarde porque una novia que había tenido sí tomó las armas y falleció. De cualquier manera, el conflicto armado y la nula atención psicológica se adentró en su ser para perpetuar la violencia como un salvaje; incluso, contra la madre de su propio hijo.

Virginia ha ido a los Juzgados en varias ocasiones para interponer una demanda en contra de él, pero la influencia de este hombre con organizaciones delictivas, según narra ella, va más allá. Le ha amenzado a través de pandilleros, que son exalumnos a quien les provee beneficios. Ella no lo ha callado y siente que grita para adentro porque nadie le escucha.

Los habría utilizado, también, como testigos falsos, porque él había tomado como costumbre seguirla a donde quiera que fuera para justificar su cercanía. Pero la realidad era que la seguía y la acosaba en cada paso que daba.

La seguía en un carro siempre que salía de su trabajo e iba a traer a la escuela al hijo de ambos. Para encontrar una excusa a su anormal comportamiento, ingenió hacerse “novio” de una madre de familia en la escuela. Al Juzgado llegó a decir que llegaba por la otra mujer, ella así lo declaró y con el respaldo de “testigos” le creyeron.

Nada estaba bien en la vida de Virginia. Su hondo quejido previo al llanto se escucha cuando empieza a contar sobre el secuestro de su hijo mayor, a quien se llevaron de un centro comercial en la capital. Ella sospecha que la planificación del hecho proviene de cuentas pendientes que el hombre tenía con otros delincuentes.

A su hijo lo encontró el mismo día, pero el daño queda. Virginia también ha tenido que soportar amenazas de pandilleros. Un día le llamaron para decirle que las órdenes para matarla ya estaban dadas si no llegaba a un acuerdo con el hombre. “Que ya estaban dadas las instrucciones para que me quitaran mi vida”, continúa el relato Virginia. Y añade contundente: “Todo lo destruyó; me ha hecho tanto daño. Me ha humillado, me ha hecho sentir que no soy ¡nada! Una depresión terrible que ha ocasionado en mí, una inseguridad”.

Una nueva vida

Existe una frase que dice: “Hasta en los días más difíciles se obtiene fortaleza”. En la vida de Virginia, quizá esto sea lo que la ha mantenido de pie para no caer con su valentía y coraje. A lo mejor nunca se hubiera imaginado que unas publicaciones de Facebook de “Háblame de Respeto”, a través de su amiga Pilar, una defensora de derechos humanos, sería lo que ahora le diera una esperanza para volver a nacer y emprender un nuevo destino.

Un día vio que Pilar publicó unas fotografías en las que aparecían varias mujeres con rótulos y pancartas dando apoyo en un caso de violencia contra la mujer en los Juzgados, ese lugar al que tantas veces había asistido, pero que nunca tenía una respuesta favorable, porque su excompañero de vida, un experto en “mentiras reales”, le había ganado en todas las batallas.

Con el acompañamiento que dio la Asociación para la Autodeterminación y Desarrollo de Mujeres Salvadoreñas (ASMujeres), luego de que Virginia buscó ayuda, las cosas fueron diferentes. Incluso, la Fiscalía General de la República (FGR) le ha dado un asesoramiento para que el caso de desobediencia insistente a las medidas implementadas por el Juez, que ha repetido en más de cinco ocasiones aquel hombre, no vuelvan a suceder.

Virginia reconoce que acercarse a las autoridades no es fácil, sino todo lo contrario. Pero también reconoce que es lo que se debe hacer si quiere salir de un ciclo de violencia que puede llegar a terminar con la vida de muchas mujeres que nunca hablaron, que nunca rompieron con el silencio.

Esta mujer, que decidió hablar para contar su historia de vida, aún se considera culpable del daño que le ocasionaron, porque piensa que fue ella la que lo permitió y no pudo proteger a sus hijos, quienes hoy también le reprochan el daño. El sentimiento es entendible, debido al daño psicológico ocasionado, pero la realidad es otra.

La persona que la convirtió en una víctima tiene la culpa del daño ocasionado y, según la Ley, es la persona que tiene que arreglar cuentas con la justicia, pues ha cometido varios delitos. “Quiero dedicarme a mí. Quiero prepararme, quiero descansar emocionalmente, quiero caminar tranquila sin pensar que alguien me va a disparar”, agrega Virginia sobre sus proyecciones a futuro.

Asimismo, se define como una mujer luchadora, como una mujer que reconoció que tiene valor y la voluntad de ayuda a otras mujeres para que tomen la decisión de defenderse, de luchar por su vida. De esta forma, finaliza su relato, luego del cual, una mirada cómplice basta para notar que todo lo malo va a cambiar, porque ella así lo decidió. 

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