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Historia de Vida
Tuesday 26, May 2015
El dolor pasa y la vida regresa

Creció sin ninguna protección de familia, pero logró desarrollarse sola. Ha cambiado el llanto por la esperanza, misma que hoy comparte con otras mujeres.

“¡Qué vida la mía!”, decía Pilar con desánimo cuando apenas era una adolescente, cuando ni siquiera había alcanzado sus 18 años. Aquella joven llegó a sentir la vida pesada y, sin sentido, pues creía que su valor estaba condicionado por su sexualidad y que, como mujer, no le quedaba más que sufrir durante su transformación a la adultez. La sociedad se lo enseñó así, sin ‘derecho’ a cuestionarla… pero le mintió.

La niñez de Pilar, quien es hoy una mujer de 43 años de piel morena y delgada, estuvo marcada por la pérdida de su padre, el único proveedor de la familia, a quien el alcoholismo le cobró factura. Desde ese día en el que el mar se lo llevó, a Pilar se le complicó la existencia, pues tuvo que madurar de golpe y digerir la pobreza sin otra opción.

Pilar cuenta que ella y sus hermanos tuvieron que quedarse con dos mujeres, refiriéndose a su tía y a su mamá. Lo dice como si se tratara de un magno problema: tiene razón. En este El Salvador, es una real odisea poder encontrar un trabajo digno y proveer a los hijos, a los familiares, a los ancianos. Solo en 2014, 22,179 mujeres se inscribieron a la bolsa de trabajo, de las que solo 1,575 fueron colocadas por el Ministerio de Trabajo y Previsión Social de El Salvador (MTPS).

La cifra demuestra que la realidad vivida desde hace más de 20 años no ha cambiado. Parece que el país se metió en un túnel sin salida, tan oscuro como la noche, en el que los rayos del sol no se dejan ver ni en sueños. Aún hoy, con cuatro hijos y un hogar conformado, Pilar no ha encontrado un trabajo más allá del temporal, pese a tener un grado de escolaridad elevado en comparación con las millones de mujeres que habitan a lo largo del territorio.

En aquel tiempo, cada día de su adolescencia se hizo más complicado que el anterior. Debido a que no tenían un lugar estable en el que quedarse, andar de un lugar a otro ya se había vuelto parte de la rutina. No encontraban estabilidad y la seguridad que ella esperaba distaba mucho de encontrarla al lado de su familia.

En esas idas y venidas, en una noche amarga, Pilar sintió que una mano la tocaba y poco a poco le bajaba el zipper de su pantaloncillo. Había comenzado a dormir en prendas cortas, como cualquier adolescente que se va sintiendo grande. Pero hasta de eso le echa la culpa la sociedad. “¿Cómo se atreve a desafiarla si es solo una mujer?”, le diría.

Esperaba que solo fuera una pesadilla, un mal sueño que se terminaba al solo abrir los ojos, pero para su infortunio no era así. Aquella mano perversa era la de su hermano, ese que debería cuidar de su propia sangre, el mismo que la acechaba sin temor.

Sintió miedo, un normal sentimiento de impotencia. Percibió rabia y frustración. ¿Qué podía hacer? Su única opción era avisarle a su mamá, su amiga más allegada, y no dudó en hacerlo. Sin embargo, la reacción que la madre tuvo de respuesta no fue la que ella esperaba.

No le creyó a Pilar ni una sola palabra. Su hijo había sido ejemplar y no dudaba de su accionar, pero había fallado, le había fallado hasta a su propia sangre. Su cobardía trascendió hasta estos días, porque jamás lo aceptó, del mal momento no hubo ni un tan solo intento de perdón; por el contrario, logró que Pilar buscara a su deriva un lugar para habitar, igual de inseguro que su propio hogar.

Pese a que las órdenes para cometer este acto tan bajo venían de su padrastro, quien la consideraba solo como un objeto o una nada a la que le podían hacer todo, nunca hubo un castigo para el culpable.

“Encontré un lugar para vivir con amigas de mis amigas”, recuerda. Aquellas mujeres denominadas de la “vida alegre” le brindaron un lugar para estar, al verla vulnerable le ofrecían trabajo en su mismo oficio, pero ella nunca lo aceptó. Había trabajo en muchos lados, malpagados sí, pero eran una forma de que ella pudiera sobrevivir para costearse sus estudios de bachillerato. La mayoría eran en negocios en los que le tocaba vender, como sorbeterías. En casi todos, sufrió acoso por parte de los clientes.

No veía nada a su favor, nada por lo que valiera la pena seguir. No le creyeron, no la apreciaron, la desecharon como un objeto. ¿Para qué? Siempre era lo mismo. Un día, decidió acabar con el dolor que sentía en su corazón y pensó en quitarse la vida. Tomó unas pastillas que le ocasionaron un problema en el sistema nervioso, pero que no pudieron acabar con su ser.

Desde aquel hecho casi fatal, Pilar tomó fuerzas y encontró un consuelo en la Iglesia Católica, encontró fuerzas en el Dios que cree y, por sobre todo, encontró fuerzas en ella misma. Así de valiente se volvió. Su coraje admirable lo esconde su voz tranquila y pausada, que ahora ha alzado para defender y motivar a otras mujeres en territorios propensos a violencia.

Orgullosa bachiller contable, se conoce todas las reglas y utiliza sus conocimientos para ayudarles a otras personas al momento de declarar la renta, entre otros trabajos relacionados a su profesión. Ha buscado aportar económicamente a su hogar y ayudar a su esposo para sacar adelante a sus cuatro hijos.

Sin más, dejó de lado el rencor, aquel que cada día le recordaba su desdicha, y decidió perdonar. Ahora, también ha motivado a su mamá para que juntas hagan equipo como defensoras de derechos de las mujeres. Incluso, en su Iglesia, cuando los discursos se convierten en patriarcales, ella defiende a las mujeres. “En la Biblia también hay hombres y mujeres, no solo hombres”, dice convencida.

Cada caso de violencia contra la mujer tiene sus similitudes, pero cada caso esconde una historia y vivencia que no se acabará si se continúa silenciándolo o invisibilizándolo. La sociedad debe cambiar y, como sea, debe hacerlo. Basta con mirar con los ojos de mujeres que han logrado vencer tantos obstáculos y nadar contra corriente para apostarle a su mismo desarrollo y el de los suyos, para darse cuenta que ese es el rumbo que este país debe tomar. 

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