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Historia de Vida
Thursday 8, January 2015
Tras los retos económicos, el rostro de la mujer

Una mujer que a sus 68 años cría a sus tres nietos. No tiene un trabajo ni casa propia. Pero, aún así, está determinada a salir adelante.

“La vejez conduce a una tranquilidad indiferente que asegura la paz interior y exterior”, escribió una vez el francés, Anatole France. Esta reflexión deja ver el ideal de una hermosa época de la vida, que para nuestro infortunio tiene un significado casi nulo en el país. La vida de Gloria Portillo lo refleja muy bien. A sus 68 años de edad, los problemas y responsabilidades siguen tan agudos como hace al menos 30 años atrás.

Incluso, sus canas y lento caminar no son impedimento para volver a criar a sus nietos, que el tiempo le entregó como sus propios hijos. Luego de que muriera la madre de sus nietos, uno de los cuales hoy es lisiado debido a un accidente, ella asumió el papel que ninguno de los padres estuvo dispuesto a tomar. Ellos se fugaron, como si la tierra se los tragara sin dejar ningún rastro. Huyeron de la responsabilidad que conlleva la paternidad, tan fácil como si nunca hubieran existido.

“Yo los estoy criando, porque cada niño tiene su papá, pero no hay ayuda. Nadie se hace responsable, pues. Así que ahí los tengo yo. Como Dios me ayuda, voy viendo cómo salgo adelante”, afirma Gloria muy firme.

Desde que era una niña, Gloria conoció el significado del trabajo y, como la “rebusca” es una tarea común aquí, ella se dedicó al negocio informal, un oficio que con el que tiempo le ayudó a brindarles estudio y oficio a sus hijos.

Gloria se define como una mujer valiente y empoderada, sin temor a nada. “Trabajar honestamente pienso que no es una vergüenza”, añade con su temple peculiar. Pero, la verdad es que no le ha sido fácil. Ha sufrido y lo sabe. Es optimista, sí, y eso le ha servido para nunca dejarse vencer, pero ni su propia familia se ha hecho cargo ni de ella ni de sus nietos.

Luchar por sí misma y los suyos comenzó desde que era una mujer joven. Su compañero de vida, pese a que tenía una pensión de $900 en aquellos años en los cuales se ganaban colones, dejó de darle dinero para los tres hijos que había tenido con ella, porque otras personas se interpusieron en la relación. Nunca lo denunció en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH); quizá, de haberlo hecho, hoy su realidad fuera diferente.

Sin embargo, él siempre le decía que no lo hiciera, que le iba a pasar el dinero que ella le pedía y, con el paso de los años, ella fue aceptando esta condición.

El negocio de comida que tenía en el mercado La Tiendona le sirvió de mucho: le iba bien y podía pagar por el alquiler de casas grandes, en zonas de plusvalía en el país. Como toda madre que procura el bienestar de sus hijos, quería que tuvieran lo mejor y ningún esfuerzo era exagerado.

Pero de forma inesperada su hija cayó enferma. Sin dudarlo, dejó de trabajar para dedicarle tiempo y ayudarle con los hijos y en sus cuidados. A cargo del negocio quedó su hija mayor, que por circunstancias desconocidas, decidió arrebatarle el puesto sin darle nada a cambio. No hubo explicaciones.

“Está bien”, le dije yo. ¿Por qué iba a pelear por lo material? De todas maneras yo dejé el puesto”, comenta resignada Gloria, que de la noche a la mañana perdió su patrimonio, tan fácil como confiar en su familia. No le duele, es su sangre, su hija, pero sí lo necesita. Más allá, Gloria no solo enfrenta violencia económica, sino que maltrato verbal de parte de una de sus nietas, quien según cuenta por celos a la poca ayuda que recibe, le dice cosas hirientes.

A sus casi 70 años, Gloria debe lidiar con su hambre y la de sus nietos. Recoge latas y plástico en diferentes zonas de Ciudad Delgado, donde reside. Su hermana, que vive en Canadá, le quitó la ayuda que les daba, luego de enterarse que una de sus sobrinas, a cargo de Gloria, tiene novio.

Después de tener su negocio y una casa a la que llegar a descansar, hoy vive en una casa que dejaron abandonada por la alta peligrosidad de la zona. Trabajó para poderla arreglar y colocarle los servicios básicos. En su comunidad, Gloria es conocida y, por eso, tocando puertas, también logró recoger la cantidad necesaria de dinero y conseguir un techo para pasar sus días y noches.

Del esfuerzo, logra a la semana $10 dólares y le ayuda la alcaldía del municipio con una canasta básica.

A todo esto, los padres de los niños, pese a las necesidades, no se han hecho presentes ni han ofrecido la ayuda económica esperada. Los ha buscado, claro, pero no han respondido. Las excusas sobran.

En la actualidad, luego de recibir el diplomado de Defensoras de Derechos de las Mujeres impartido por la Universidad de El Salvador (UES), ASMujeres y Fundación Latitudes, Gloria se ha abocado a las instancias para iniciar procesos y obtener una pensión para sus nietos, a los que considera sus hijos.

“Lo voy a continuar (el proceso) porque un día yo voy a faltar y, yo digo, esta cuota que ellos le puedan aportar a estos niños les puede servir para pagar sus estudios, porque la comida de cualquier manera van a tenerla”, reflexiona Gloria convencida de la experiencia.

Las dificultades parecieran surgir cada vez más a raíz de la necesidad. El lugar en el que vive es una zona de alta peligrosidad y, al ser cristiana evangélica, su fe es en lo único que confía. La energía que tiene Gloria es por demás admirable, ya que nunca se ha rendido y tampoco se ve que lo hará.

“No se dejen engañar, sean listas, que levanten la guardia (…) Tenemos los mismos derechos. Tampoco vamos a decir que uno va a lastimar a la pareja, pero (debemos) enseñarle que el respeto llama a respeto”, aconseja Gloria con ánimo y experiencia. 

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