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Historia de Vida
Wednesday 22, October 2014
Sin dar un paso atrás

La defensa de los derechos humanos de las mujeres ha comenzado a cobrar auge.

La defensa de los derechos humanos de las mujeres ha comenzado a cobrar auge. Desde los barrios y colonias vulnerables a violencia, surgen mujeres valientes que están dispuestas a hacerse escuchar y construir una mejor sociedad. 

Está de más decir que El Salvador es un país marcado por una historia de violencia. Los que vivimos aquí lo sabemos bien. Un pequeño territorio en el que se esconden innumerables anécdotas que, más allá de ser tristes, duelen. En cualquiera de sus modalidades, bajo diferentes nombres, la violencia se ha metido hasta en el último de nuestros poros y, como un virus renuente, se niega a largarse de aquí.

En este laberinto que pareciera no tener salida, también se esconde una derivación de la violencia que, silenciosa y oculta, explota como una bomba en esta nuestra sociedad. No obstante, ya ha comenzado a encontrar a sus rivales, que están decididas a erradicarla sin dar un paso atrás. Se trata, en su mayoría, de las mismas personas a las que afectó, de las mismas mujeres a las que tanto daño les ha causado y que salieron de su escondite para defender lo que les pertenece: sus derechos.

Entre estas mujeres con determinación, está Emilia Romero que, a sus 51 años de edad, ha encontrado su valentía para buscar eliminar la violencia contra la mujer en El Salvador. Ante los obstáculos, no está sola.

La vida de Emilia ha sido un tanto complicada. La facilidad de palabra que tiene, quizá por naturaleza, le ha traído dificultades. Una característica contraria a las que nos enseñan desde pequeñas, cuando desde nuestros hogares nos dicen que solo debemos escuchar, sin decir algo que moleste, a tener cortesía solo porque sí, porque no somos más que mujeres.

De forma irónica, Emilia fue maltratada desde niña por una mujer, su madre, a quien aún le guarda un resentimiento, pero también le agradece que haya sido su mentora en el oficio que hoy le da de comer. Es artesana por vocación y sabe elaborar todo tipo de pulseras, collares y aritos, entre otras manualidades, por lo que conoce de lleno cada uno de los materiales que utiliza. Es diestra para el negocio y ofrece su mercadería sin desperdiciar ninguna oportunidad.

Emilia no se sienta con delicadeza y tampoco le importa hacerlo. Habla con las manos y tiene una sonrisa permanente en su cara. Nada le corta la voz durante su anécdota; incluso, en aquellos episodios de dolor.

“Hace como unos ocho años, le recalqué eso a mi mamá, le dije que por qué me maltrataba”, dice Emilia sobre su progenitora, con quien ahora ha hecho las paces tras una conversación intensa, en la que le pidió respeto y le cuestionó sus acciones. Ya no la maltrata ni busca tener el control sobre su vida. Aprendió a hablarle sin lastimarla y controla sus palabras.

Al hacer su propio hogar, también experimentó violencia. De parte de su pareja, no recibió amor ni cuidados, sino gritos y golpes.

“Bueno, cuando los hombres quieren estar con uno son una cosa; después, ya sabe cómo son. Fue más que todo maltrato psicológico, fueron pocas las agresiones. Era amargado, indiferente”, dice Emilia sobre el padre de sus dos hijos.

Pese al talante de ella, soportó la mala vida por algunos años, de forma intermitente, porque a veces estaba en ese hogar y a veces no. Cuando ella decidió irse, él se quedó con los hijos, pero ella siempre estuvo pendiente de ellos y al tanto de sus cuidados. Sin embargo, los niños tuvieron que ver las humillaciones a las que era sometida su madre.

Una vez, desde la ventana de su apartamento, la vieron dormir en las gradas porque su expareja no la quería dejar entrar. No le quedo de otra: el fin era estar cerca de los que amaba. La violencia no terminó allí. El padre de sus hijos no fue su única pareja, le secundaron otros que la trataron igual o peor. Hubo uno que la quiso ahorcar con una guía de teléfono, pero no lo logró. Cobró fuerza al pensar en sus criaturas y logró quitarse al agresor de encima.

Sin consejo de nadie, Emilia decidió denunciar. No conocía qué hacer en esos casos, por lo que fue a la policía, donde no le dijeron qué hacer. Se subió a un taxi para seguir su recorrido, pero nada era alentador; incluso, el conductor le dijo: “Piense bien lo que va a hacer”. Todo estaba en su contra.

A Emilia le dictaminaron medidas de protección tras su episodio de violencia física. Pero, aún así, continúo viendo a ese hombre. Ahora que conoce sus derechos, comprende que eso no es todo para evitar ser víctima de violencia. Su decisión de ayudar a otras mujeres ya le ha acarreado problemas, pero no se rinde.

En el lugar en el que vive, una vez le tocó llamar a la policía, pese a que nadie se había atrevido a hacerlo por estar amenazados por miembros de grupos delincuenciales. Sin embargo, vio que era una mujer, como ella, y no pudo quedarse de brazos cruzados.

“Para hacerlo también hay que tratar de no tener temor porque el temor llama a más cosas”, cree Emilia sobre esta labor de defensa. Valentía es una de las características que la definen y que, a su parecer, debe tener una defensora de los derechos de las mujeres.  

Sobre los derechos de las mujeres, Emilia espera que más mujeres los conozcan y sabe que, aún cuando existen, muchas veces no se ponen en práctica; a veces, ni siquiera por parte del Estado.

Emilia espera que las mujeres se organicen y que dejen de lado las tipificaciones que pone la sociedad. Como muchas, espera que exista una equidad entre hombres y mujeres.

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