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Historia de Vida
Wednesday 22, October 2014
"Por el simple hecho de ser mujer"

El abuso sexual es una de las formas más atroces de violencia contra la mujer.

“Me dijo que era una basura, una perra, que las mujeres como yo así se trataban”. No fue humano. Nada de lo que vivió Leticia ese y tantos días más fue humano. No hubo piedad, ni misericordia, ni compasión. Nada. Resulta imposible encontrar palabras para describir tanta maldad que en aquella tarde tomó la figura de hombre.

Como un verdugo en su cuarto de tortura, la golpeó una, otra y otras veces más. Le arrancó la ropa y le desnudó su cuerpo ya marcado por el caminar de los años. Insaciable ante tanta humillación, la aventó a la cama y le mordió su piel para, tan solo unos instantes después, dar el paso final: violarla. Ninguna parte de su ser quedó sin experimentar dolor, el mismo que casi un año después aún se siente, se respira y se ve.

Una pesadilla. Eso fue el excompañero de vida de Leticia. Formuló con detenimiento su plan macabro para que le funcionara a la perfección y ella fue su víctima predilecta. Desde hace algún tiempo atrás, ya no estaban juntos, pues había decidido dejarlo por sus múltiples infidelidades y su violencia.

Nunca vivieron en la misma casa, pero lo conocía muy bien. Sospechaba de sus engaños y quiso buscar la verdad. Cuando aún eran pareja, escudriñó las gavetas en las que el agresor guardaba su ropa y, como era de esperarse, encontró lo que necesitaba para desenmascararlo. Él coleccionaba como un trofeo varios shorts y blúmeres de las mujeres con las que había tenido encuentros sexuales; quizá, otras víctimas iguales que ella.

Decepcionada, no encontró otra forma que dejar salir su enojo y quemó las prendas. De aquel hecho, él no se dio cuenta hasta mucho tiempo después, cuando ellos ya no tenían una relación formal, pero aquel desahogo bastó para que él le hiciera tanto daño.

Ese agosto, la sacó de su casa con engaños. Le dijo que una vecina iba a pagarle el dinero que le debía, por lo que ella accedió a acompañarlo. La señora le pagó, pero las cosas no quedaron hasta allí. Cuando la vecina se fue, él la encerró en la casa, le quitó las llaves y los celulares.

“Ese día, todo el día fui maltratada”, narra Leticia entre lágrimas, quien recuerda a la perfección cómo fueron los hechos. Nunca va a olvidarlo. Durante todo su relato, ha permanecido con la cabeza agachada. No existe un momento de la historia en el que la levante, pareciera tener un peso con el que ya no puede más. Se ve sus manos, nada más que sus manos, como que allí encontrara la respuesta del por qué de su pesar. Quizá, no se da cuenta de lo valiente que es al contar este relato. ¿Vergüenza de qué sí tiene el coraje de mil mujeres?

Esa fría noche, su hijo veinteañero se dio cuenta que las cosas no andaban bien y comenzó por buscarla donde él tenía la idea de que la encontraría. No había llegado solo, ya que se hizo acompañar de la policía con la certeza de que su madre estaba pasando un calvario. El agresor no quiso abrir la puerta: adentro las amenazas continuaban.

“Esto te va a costar, a vos y a él”, le dijo. No sin antes exigirle que se vistiera rápido, como si eso fuera a borrar las evidencias que le había dejado marcadas.

Leticia cuenta con su voz aguda y entrecortada que por su cabeza se atravesó la idea de matar al misógino. Así de grande es el dolor y el daño que en ella causó. Cuando logró entrar, la policía y ella lograron salir de su prisión. Su hijo que había llegado para salvarla y le preguntó: “Mami ¿qué te pasó?”. Hasta en ese momento, su instinto maternal y de protección logró permanecer intacto, como si nadie lo notara, ella le respondió: “Nada”.

Luego de decidir poner la denuncia en el municipio de Ciudad Delgado, ubicado en el departamento de San Salvador, Leticia fue al Instituto de Medicina Legal (IML) para que le hicieran el reconocimiento de daños. Tras un proceso jurídico, su agresor recibió nueve años tras las rejas. Quizá, no sean suficientes, como las leyes en nuestro país; incluso, no sabe qué hará el día que su verdugo salga de la cárcel. Esa es una duda que la carcome todos los días.

Desde siempre

La vida de Leticia ha estado marcada por la violencia desde su niñez. Su madre era una mujer sumisa, que obedecía a su padre, un hombre alcohólico, que también la maltrataba. Pese a que en su hogar nunca faltó nada, no sintió que hubo alguna muestra de amor.

Sus privilegios no fueron iguales a los de su hermana. Ella cree que porque a su papá no le gustaba que le reclamara por tener otras mujeres. Como todo, no fue fácil crecer.

Era el tiempo de la guerra y la Guardia Nacional reclutaba a los jóvenes para que se enfilaran en el ejército. No era un buen momento para el amor. Pero eso no se decide, solo surge. Un día, mientras Leticia estaba con su novio, llegó la Guardia y los metió presos donde ahora está ubicada la alcaldía del municipio de Cuscatancingo: los habían encontrado adentro de un carro y ese fue su gran pecado.

Por sus costumbres, su familia creyó que habían tenido “algo que ver” y la obligaron a irse de casa para vivir con él. No hubo apoyo y tampoco una oportunidad. “Mi papá decía que las mujeres no eran para estudiar”, cuenta Leticia. Al colaborar en tareas del hogar, logró estudiar algunos años en la universidad, pero abandonó sus estudios.

Tras un año viviendo en la casa de su novio, Leticia quedó embarazada de una niña, pero las dificultades siguieron llegando, como gotas de agua que no dejan de caer.

En el hospital, le dieron por muerto a su criatura. Le entregaron enrollado en un papel algo, que supuestamente era el cuerpo de su hijo fallecido, pero le ordenaron a su mamá, estrictamente, que no lo abriera. Quizá, la falta de curiosidad o la fuerte impresión de la noticia hicieron que siguieran las indicaciones como una santa palabra. Sin embargo, el corazón no falla y menos el de una madre.

“Mi hija murió. Pero yo no sé si vivió o nació porque me la dieron por perdida en el Hospital de Maternidad. Era cuando se estaban robando los niños. Mi hija tuviera como 26 años ahorita”, dice Leticia de esa dura experiencia. Aún no sabe qué fue en realidad de ella. Nunca pudo obtener una respuesta.

Tras su pérdida, el papá de la criatura y ella ya no tuvieron ninguna relación. Pero, años más tarde, conoció a quien sería el padre de sus hijos, quien también la violentó de forma física. Al principio de la impresión por la dura experiencia, no podía quedar embarazada. Le decían que era psicológico, pero luego de tratamientos lo superó y tuvo a sus dos hijos, por quienes lucha y se levanta cada día, por los mismos que le dan la razón de seguir viviendo aún cuando la vida le haya batallado de múltiples maneras.

Levantarse y seguir caminando

“Yo digo que todas las mujeres sufrimos violencia”, reflexiona Leticia, luego de contarnos su historia. Ella vive en una zona vulnerada por la violencia, cerca del municipio de Mejicanos. Tras su experiencia, ha comenzado a ayudar a otras mujeres que también han experimentado maltrato en sus diferentes tipos. Reconoce, además, que la falta de oportunidades para las mujeres de su edad ha sido un impedimento para su desarrollo, pero aún así no se da por vencida.

“Por el simple hecho de ser mujer no te pagan ni te tratan como ser humano”, dice Leticia con respecto a la falta de oportunidades laborales a las que se ha enfrentado. Hoy por hoy, no cuenta con un trabajo fijo, pero hace diferentes tipos de manualidades que, unida con otras mujeres de su colonia, las venden en ferias ambulantes.

Sin pensarlo, Leticia ha comenzado su camino para ser una defensora de derechos de mujeres. Hace su trabajo desde las clases de manualidades que enseña en su casa. Allí, ocupa su tiempo para decirles a las mujeres que existe otra opción al maltrato, que unidas son más fuertes para poder vencer a la violencia en su contra. No comenta lo que le pasó, pues le da pena que la juzguen y que piensen que está “sucia”.

No obstante, con la ayuda psicológica e integral que brindan la Asociación para la Autodeterminación y Desarrollo de la Mujer Salvadoreña (AMS) ha descubierto que es importante que otras mujeres que viven en su misma situación puedan tener la oportunidad de acceder a estos servicios, pues nadie merece vivir siendo violentado.

“El maltrato físico, psicológico, no lo debemos vivir en El Salvador. Debemos quitar esos tabú para que muchas mujeres reconozcan que son valiosas y que valen. No teniendo a la par un hombre, sino que valen por lo que ellas saben y puedan dar a la sociedad”, dice convencida aquella mujer que ya ha levantado su cara para hablar. Aún tiene la mirada triste, pero ya se le ve una esperanza de continuar la vida que tanto ha soñado.

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