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Historia de Vida
Thursday 9, October 2014
Cuando deja de llamarse Vida

A ningún ser humano le gusta vivir la violencia y menos aún cuando quien nos hace da ño es nuestra propia pareja. Cualquier mujer, aun las más fuertes, son vulnerables al maltrato. Argentina no fue la excepción.

Miedo. Esa inquietud y angustia con la que reacciona nuestro cuerpo ante aquello que es capaz de hacernos daño, la desconfianza de que alguien puede perjudicarnos cuando menos lo esperemos. Pero, ¿cuánto puede durar este sentimiento? Parece insólito, pero Argentina, una mujer adulta ahora, lo soportó de forma consecutiva cada día y a cada instante durante 13 años de su vida.

Vivió junto a su agresor desde muy joven. No era ningún desconocido, sino su esposo. Un hombre que casi le duplicaba la edad y que, durante el tiempo que vivieron juntos, utilizó la fuerza y el miedo como sus herramientas de poder, de las que Argentina no pudo escapar hasta el día en que decidió  poner un alto.

Esta agente policial es una mujer alegre y tiene una hermosa sonrisa que luce sin ninguna vergüenza, capaz de transformarla, con el paso de los minutos, en una amena conversación. Es una morena un poco más alta que el promedio de las salvadoreñas y también es esbelta. Durante nuestra plática, jamás mostró dolor de su pasado; podría considerarse de un gran talante.

“Pasé sometida a un yugo durante 13 años”, narra sin inmutarse Argentina con su voz ronca. La luna de miel con la que muchas mujeres sueñan nunca llegó, sino que solo bastaron cuatro meses después de casarse para que ella comenzara a sufrir maltrato físico. No estaba sola, pues llevaba a uno de sus hijos en su vientre.

Argentina se consolaba a sí misma, negaba la realidad que le tocaba enfrentar. “Ya va  a pasar, ya va a pasar, algo lo tiene estresado, algo lo tiene tensionado”, se decía. Nunca pasó. Al contrario, todo empeoró.

Conoció a su esposo mientras estudiaba para ser una agente policial. Las amistades que ella tenía en su trabajo parecían ser para él una pesadilla, pues le causaban celos extremos que no podía controlar, sin darse cuenta que el cariño que ella sentía por sus amigos de trabajo era parecido al que se tienen los hermanos.  

“Él siempre se imaginaba que yo estaba con el jefe o no estaba en la oficina”, asegura Argentina sobre aquellos días a los que ni siquiera podía considerarlos como vida. Era tanto el acoso, que la seguía a donde quiera que fuera y se escondía detrás de los postes, como un detective a sueldo. Cuando ella menos lo pensaba, veía en las paradas de buses y allí estaba. Ya ni siquiera podía caminar tranquila, porque la atormentaba la idea de que en algún momento él iba a aparecer para asustarla.

La gota que derramó el vaso fue una vez que este hombre acosador buscó tener un acto sexual con ella; pero, por todo el tormento que le hacía pasar, era lógico que no quisiera nada con él. “Lo que sucede es que uno va aprendiendo ya, como quien dice, a defenderse. Si por si acaso ese día se encontró con la nube buena, ya uno siempre va queriendo pelear también”, continúa narrando.

Ese mismo día, mientras su hija había salido de casa, arrancó las líneas del teléfono y, tras un largo forcejeo, él logró golpearle su ojo, que le pasó coagulado durante casi un mes. La tomó del cabello y la anduvo como un objeto cualquiera alrededor de toda la casa. La había vencido. Nada podía hacer.

A la espera de lo peor, logró ver una posibilidad de dar un aviso. Su pequeño sobrino había llegado a casa a traer unos juguetes, por lo que no dejó pasar la oportunidad. Comenzó a gritar para pedir auxilio y al poco tiempo fue escuchada. En un instante, llegó su hermano, a quien su esposo también quiso pegarle. Sin embargo, unos minutos después llegó la policía.

Pese a que Argentina realiza funciones administrativas dentro de la policía, conoce el protocolo para atender a las mujeres víctimas de violencia. Sin embargo, reconoce que en algunas ocasiones este no se sigue en la práctica, como sucedió en su caso.

La policía trató de mediar la situación. Intentaron decirle que lo pensara bien, que podía afectarle. Pero ella, como conocedora de las leyes que le protegen en situaciones de violencia, les dijo que él la había privado de su libertad, le había ocasionado lesiones, había intentado abusar de ella y, por si fuera poco, la había amenazado.

“En ese entonces, las leyes en la Policía (Nacional Civil) no estaban como están ahora”, reflexiona Argentina, que también reconoce que, tras la entrada en vigencia de la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia hacia las Mujeres (LEIV), ahora se ve un cambio adentro de la corporación en la forma en la que se atienden los casos, aunque considera que las capacitaciones deben continuar impulsándose si se quiere lograr aún más.

A pesar de que habían más dificultades y sin encontrar mayor respaldo en esa ocasión, fue a poner la denuncia y le decretaron medidas de protección a su favor. Las visitas de él continuaron,  pero ella había caído en la cuenta de que su pareja nunca iba a cambiar. Fue así como, con el paso del tiempo, dejó de intentarlo. No era para menos: él había roto todas sus promesas.

La razón que tiene Argentina para explicar el episodio que vivió y en el que jamás quiere volver a estar es que el ser policía no significa que no se va a sufrir algún tipo de maltrato, sino que cree que existe un patrón, que viene desde el hogar, de la infancia misma, que se vuelve muy difícil romper.  

Ahora, esta agente de la Policía tiene una nueva pareja, un nuevo hogar muy diferente al primero. Luce feliz. Su vocación de servicio se evidencia cuando dice que dar su testimonio es para que otras mujeres no pasen por lo que ella sufrió.

“Para muchas mujeres que tienen miedo de hablar, lo mejor sería hacerlo antes de lamentar algún caso. Sí, tal vez, yo sobreviví. Lo hemos visto por los medios; hay otras de que no han sobrevivido para contarlo”, expresa convencida Argentina.

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