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Entre Nosotras
Friday 3, October 2014
Entre los gritos del silencio

Pensar que una agente policial es víctima de violencia intrafamiliar resulta paradójico. Pero la historia de Bessia nos deja ver

Pensar que una agente policial es víctima de violencia intrafamiliar resulta paradójico. Pero la historia de Bessia nos deja ver a una mujer que soportó gritos y humillaciones durante varios años, tal como lo hacen varias mujeres en nuestro país: en silencio. 

“Tengo 25 años, pero 25 años bien vividos”, reflexionó Bessia desde lo más profundo de su ser aquella tarde de invierno, como las que a menudo ocurren en este país centroamericano conocido como “El Pulgarcito”. De esas en las que es común ver que el cielo cambia en unos instantes de soleado a un gris profundo, tan potente y oscuro que casi se compara a la vida que tenía esta mujer hace solo unos meses atrás.

Bessia parece una mujer relajada, es decidida como ninguna otra y luce desafiante. Tiene un pelo negro ondulado, casi colocho, y unas pupilas de café intenso que combinan con el bronceado de su piel. Es de complexión curvilínea y guapa, le gusta arreglarse y maquillarse. No hay duda de eso. Cuando no ejerce su trabajo como agente de la Policía Nacional Civil (PNC), donde debe usar el uniforme azul oscuro reglamentario, camina por las calles del departamento de San Salvador, inundadas de baches y basura, con tacones de unos 10 centímetros de altura. Los usa con soltura, como que formaran parte de ella.

Esta joven mujer no es, ahora, ni la sombra de lo que fue en el pasado. No lucía igual, no se sentía igual, no caminaba igual: no era ella. Le arrebataron su esencia hace seis años atrás, cuando aún cursaba su bachillerato y aquel hombre la  convenció de llevársela a vivir a su lado. Desde hace solo ocho meses ha tenido que reinventarse y reencontrarse consigo misma, no le ha sido fácil porque a veces la voluntad quisiera traicionarla, pero el recuerdo regresa y la mantiene firme en su decisión.

Convencida de que su historia puede ayudar a evitar que otras mujeres pasen por su mismo calvario, ha decidido contar los detalles que la llevaron a visitar las instalaciones de la Asociación para la Autodeterminación y Desarrollo de Mujeres Salvadoreñas (AMS). Se obligó a callar ese secreto por varios años, por el miedo al qué dirán y a las críticas innecesarias que varios nos tomamos la libertad de hacer.

No han pasado más que un par de minutos y, en el patio de AMS, que invita a la paz, por la frescura y colorido de sus árboles y flores, las lágrimas ya caen sobre el rostro redondo de Bessia. Ha recordado los detalles de cada momento y, entre los que más le duelen, está la pérdida de su primer bebé.

El mundo de Bessia se vino abajo. No soportó el impacto emocional de darse cuenta de que el papá de la criatura no era lo que había imaginado. Ni en lo mínimo. Era joven, sin conocer nada sobre el matrimonio. Debió haber vislumbrado el infierno que le esperaba desde que él se fue con ella aún estando casado, pero la inexperiencia la hizo caer y el tipo, como era de esperarse, aprovechó su falta de conocimiento sin dudarlo un instante.

La joven inexperta se resignó a un nuevo hogar sin esperanza desde el principio. Él no tardó nada en demostrarse cómo sería en realidad por varios de los años siguientes, un maltratador intolerante, maestro en el “arte” de la humillación y chantaje, de los mismos que piensan que la mujer no es más que un objeto servil y sexual y que su valor es algo parecido a nada.

A lo largo de su relato Bessia, no menciona un episodio de golpes, pero no hace falta; la violencia psicológica, que comprende gritos y humillaciones, es igual de dolorosa y letal porque arranca todo el derecho e ilusiones que las mujeres tenemos. Es tan silenciosa que a veces nadie la ve, pero sí se siente. Esta joven mujer la describe como alguien que estuviera “jugando con su mente”. Es así de dañina y demoledora, en la que se pierde la conciencia de qué es real o no.

Una vez, Bessia no soportó que el hombre le gritara tanto, se conducían en un vehículo y ella se sintió tan desesperada que abrió la puerta y decidió tirarse. Su tobillo derecho quedó atrapado bajo la llanta del vehículo y, si el tipo, que iba alcoholizado, no frenaba a tiempo le iba a quebrar sin piedad todo su pie. “Era un estado que yo no lo aguantaba y, no sé, me tiré”, dice Bessia de aquel momento del que aún guarda la cicatriz. No dijo nada, lo ocultó todo; incluso, a su propia madre que preocupada le preguntó al siguiente día qué había ocurrido.

A los dos años de matrimonio, Bessia salió embarazada. Los gritos y las humillaciones continuaron como parte de la cotidianidad. Llevaba ya tres meses de embarazo cuando ocurrió algo que jamás podrá olvidar.

La pareja disfuncional vivía a la par de una tía del marido. Bessia no pudo soportar que el “cínico”, como ella le llama, llegara al hogar donde vivían acompañado por otra mujer y dos niños. Así de fácil la llevó, sin importarle tener a una esposa embarazada. La tristeza de Bessia fue tan grande que se encerró a llorar una semana. Tan grande que hasta su bebé, que formaba parte de ella, lo supo.

A los cuatro meses, fue a pasar consulta porque había comenzado a manchar, una situación que no es normal en el embarazo. La noticia era trágica: el bebé había muerto hacía ya un mes de un paro cardiaco. El médico quizás sospechó y e interrogó a su paciente: “Puede ser que no funcionó bien o ¿tuviste algún problema?”. Bessia lo volvió a negar todo, pese a que sabía que el impacto emocional había sido la causa de la muerte de su hijo.

No lo dejó. No se atrevió a hacerlo y, a los tres años y medio de estar juntos, volvió a salir embarazada. Esta vez fue planeado, según cuenta. Ambos lo deseaban. Pero los maltratos aún seguían, esos no se habían ido y le acompañaban a cada instante. Él no trabajaba y ella no tenía ni para comer, pero Bessia tenía presente aquel deseo de superación. Cuando estaba a punto de darse por vencida, se decía a sí misma: “Yo les voy a demostrar que no me voy a quedar así. Tengo que hacer algo de mi vida”. Pero, en ese momento, solo era eso: un deseo.

Al compañero de vida de Bessia, nunca se le quitó la costumbre de la infidelidad. Cuando Bessia tenía ocho meses de embarazo, la historia se volvió a repetir. Ella encontró sobre su cama un arete que no le pertenecía y, al pedirle una explicación a él, lo negó todo. A los días, recibió una llamada reveladora. Era una mujer, era otra de las mujeres con las que andaba; quizás, más astuta.

“¿No está Julio?”, le preguntó la mujer. “¿Quién le habla?”, cuestionó Bessia. “Soy su mujer. ¿No viste ‘el regalo’ que te dejé en la cama? Era un arete. Yo estuve con él cuando fuiste a ver a tu mamá”, le contestó altanera la otra mujer.  

A raíz de ese impacto, de enterarse que otra vez su mundo se venía abajo, Bessia fue a parar de nuevo al hospital por una semana. Pero logró estabilizarse. Días más tarde, tuvo una bebé sana, luego de una cesárea. A diferencia de muchas mujeres, Bessia no fue atendida por nadie durante su reposo tras dar a luz, menos por su esposo. Él solo sabía llegar alcoholizado a casa.

“Yo me decía: ‘Solo que me recupere y tengo que salir de esto’. Yo misma me martirizaba y me decía por qué no hago algo, pero a la vez entraba el sentido de lástima. Mi misma mente trataba de ver como que sí era bueno, pero a la misma vez había algo contrario que me decía no, no es así”, narra Bessia con tristeza.

El inicio del cambio

La violencia psicológica contra Bessia incrementó cuando ella entró a la academia policial. Mientras trataba de perseguir su sueño de toda la vida, que era ser una agente, él le decía que ella iba  a encontrar a otro hombre y que iba a terminar por dejarlo, aunque ella le explicaba que iba para sacar adelante a su hija, sin ningún otro propósito. Las explicaciones estaban de más: era su sueño. Aún si lo hacía por ella misma, estaba bien. Pero si él necesitaba una explicación, nunca dudo en dársela.

Bessia cree que él la dejó estudiar porque nunca creyó que fuera capaz de llegar a terminar su carrera y graduarse. No confiaba en la capacidad de su esposa; contra todo pronóstico, ella lo logró. Sacrificios, desvelos y maltratos en su hogar no acabaron con su sueño.

“Lo que me llenaba de fuerzas, cuando yo sentía que ya no podía, era pensar en mi hija. Cuando había un entrenamiento duro, lo que me daba fuerzas para seguir y no cansarme era mi hija. Y decía: ‘No, tengo algo que me está esperando en casa’”, cuenta Bessia con la voz entrecortada.

En la academia, aprendió sobre sus derechos y reconocía cada uno de los detalles de la violencia contra la mujer cuando se los enseñaban; en silencio, asociaba los problemas que vivía en su hogar. La práctica era lo que le faltaba. Le avergonzaba hablar.

Bessia confiesa que en la PNC hay muchos casos de violencia y agresión que viven las agentes en sus hogares. Hay humillaciones y gritos que casi nunca se atreven a contar y que, solo cuando el alma ya no aguanta, se les revelan a los amigos más cercanos. Así era su caso, como el de tantos más. Vivir con su agresor se había convertido en una pesadilla.

El cambió de Bessia comenzó cuando se graduó como policía. Ella disponía de su propio dinero y podía comprar las cosas que quería. Hasta accesorios personales, como el maquillaje, se volvieron parte de la lista de compras de Bessia. A él no le gustaba que ella se arreglara. Mucho menos maquillara, porque decía que con eso provocaba a los hombres. “Él me quería ver de lo más ruin posible”, añade Bessia.

Las humillaciones se agravaron. Lo intimidó. Él le hacía sentir que su esfuerzo no valía: la corría de su casa porque ahora ella ya tenía un trabajo. No obstante, Bessia se preguntaba por qué la hacía sentir así. Lloraba en el silencio de su cuarto donde nadie la veía o escuchaba; pero, su hija, que tenía tres años de edad en ese momento, la oía con claridad y con los días absorbía también esas ofensas que se atribuía como propias.  

Basta

Aquella mañana el agresor no pudo soportar el cambio de vida de Bessia. No pudo ver cómo ella era capaz de lograr el éxito, a pesar de que él le había puesto todos los obstáculos posibles para destruirla. No encontró una herramienta más útil que echarla de la casa. Así lo hizo. Bessia se levantó temprano a servirle el desayuno a su pequeña, como era costumbre.

“Cuando regrese, en la noche, no te quiero ver ni mierda. ¿Oíste lo que te dije?”, le gritó enfurecido. Bessia escuchó claro y la niña también, por lo que comenzó a llorar fuerte como la mejor forma de defenderse. Estaba asustada, igual que la mamá. Lo que había dicho era en serio y ella debía tomar una decisión rápida para protegerse.

Aún con un profundo dolor, habló a su mamá, quien siempre estuvo dispuesta a abrirle las puertas de su hogar, pero Bessia no aceptó por sentir vergüenza. Al regresar a la casa, lo único que se llevó al que sería su nuevo hogar fueron las cosas de la niña. Nada de lo que había comprado para ella.

Bessia sentía que no iba a lograrlo, que no iba a poder vivir sin un hombre a su lado. Pasó cerca de un mes llorando, aceptando su realidad. La voluntad de Bessia se resquebrajaba cuando él llegaba a hacerle “shows” afuera de su nueva casa. Él le decía que regresara, que estaba loca. Entonces, su mente empezaba a jugarle una mala pasada y quería convencerla de que era ella la culpable, de que su matrimonio no había funcionado por culpa de ella. Nada era cierto.

Cuando Bessia estuvo a punto de darse por vencida y regresar al lado de su agresor por seis años, él le dijo una frase que la detuvo, porque sabía que nada iba a cambiar. Tan simple fue la frase, pero tan reveladora. “Si vos te fuiste, vos te regresas”, le dijo uno de los días que fue a convencerla. No regresó.

Los días de gritos y humillaciones para Bessia han quedado atrás. Descubrió un nuevo mundo en el que es libre. No es rica; tiene lo necesario con el fruto de su esfuerzo, lo cual es suficiente para su hija y para ella. Ahora, sale con su hija al parque, al cine, al salón de belleza que tanto le gusta. Va alegre, pero no olvida. Bessia no conoce el significado de rendirse; es luchadora. No parece que guarde rencor para aquel hombre que la hizo olvidar el valor de ella misma. Ahora está lista para ayudar a otras mujeres a que no pasen por lo mismo que le tocó vivir.

Ha comenzado a ir a la atención especial integral que brinda AMS, lugar que conoció en el lanzamiento del sistema de alerta para erradicar la violencia contra las mujeres, realizado en un hotel capitalino, y está lista para convertirse en una Defensora de Derechos de las Mujeres. “Defensora de los Derechos de las Mujeres siento que sí lo soy. Lo soy en mi trabajo, lo soy con mi familia, mis vecinos, mis amigas”, puntualiza Bessia, una valiente mujer.  

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