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Historia de Vida
Monday 21, July 2014
La valentía de cambiar el rumbo

Hilda descubrió que la fuerza para salir adelante está en sí misma. Le tocó vivir episodios de maltrato en su hogar, pero ahora es valiente y busca superarse.

Hilda descubrió que la fuerza para salir adelante está en sí misma. Le tocó vivir episodios de maltrato en su hogar, pero ahora es valiente y busca superarse.

“No es necesario una persona a su lado para hacerse valer y sentirse ser mujer”, reflexionó Hilda Miranda en voz alta aquella mañana en la que decidió contar su historia. La conclusión pareciera para algunos de nosotros sencilla, pero la realidad que hay detrás de sus profundos ojos verdes no ha sido nada fácil. Por ello, su frase es algo similar a un encuentro con la libertad.

A Hilda quizás la vida le ha enseñado a ser una mujer de pocas palabras. Al hablar con ella, no es difícil notar que tiene una mirada melancólica, al igual que su tono de voz, ese que cambia por completo cuando habla de sus tres hijos, por quienes siempre ha luchado por darles una vida mejor de la que a ella le tocó.

Esta mujer valiente decidió romper el silencio y contar lo que muchas de nosotras no nos atrevemos a decir sobre la violencia que podemos enfrentar, incluso en nuestro hogar.

El rostro escondido

Cuando tenía unos 19 años de edad, Hilda decidió irse a vivir con su novio que era cuatro años mayor que ella. Al año de iniciar su vida en pareja, nació su primer hijo, una de las más fuertes razones de su ser.

Pero, pese a la ilusión del nuevo bebé, no todo marchó como ella esperaba. El tiempo no tardó en revelar la esencia de un hombre dependiente de las drogas, su compañero de vida había dejado de ser un apoyo y se había convertido en una carga.

A pesar del problema que enfrentaba, la joven madre buscó salir adelante y trabajó de echar tortillas para mantener la habitación en la que vivían los tres. No obstante, la tranquilidad había terminado o a lo mejor nunca existió.

Hilda asegura que su primera pareja nunca la golpeó, pero tras un breve momento de pensarlo, añade que no solo se vive maltrato de forma física, sino también con palabras o con “cosas que a uno no le gusta que le hagan”.

“No nos golpeaba, ni nada por el estilo, pero sí nos agredía mucho con sus palabras y cuando andaba drogo era más violento todavía”, cuenta Hilda, mientras está sentada en una silla con sus manos entrelazadas. Luce nerviosa, pero no insegura de lo que dice.

Cuando el esposo de Hilda andaba drogado, le decía de forma amenazante que era una “pasmada”, le cuestionaba que quién iba a hacerle caso si ya tenía un hijo y, por si no fuera suficiente, le decía que cómo iba a buscar un hombre si no podía defenderse por ella misma.

En ese panorama, nada iba bien e Hilda lo sabía. Por ello, cansada de vivir a diario lo mismo, decidió correrlo de la casa. Pero él no le puso las cosas nada fáciles. “El quiso pelearme al niño, pero no me lo ganó porque era un drogo y yo siempre he visto por mi hijo”, dice Hilda.

Decidida a quedarse con el pequeño, Hilda soportó que su esposo y la familia de este la llegara a ultrajar con palabras. La solución fue arriesgada, pero jamás lo denunció. Por hoy, la expareja de Hilda yace en una cama en estado vegetal, debido a una sobredosis de droga.

En la misma espiral

Ese día inesperado Hilda estaba acostada en la cama viendo la televisión. Acababa de salir del hospital, luego de una operación quirúrgica. Y había decidido irse a la casa de su abuela, para que alguien pudiera atender las necesidades de sus tres hijos, durante su obligado reposo.

Ya no estaba sola, tenía un esposo con el que había procreado dos hijos más, una niña y un niño. En su nuevo hogar las cosas aparentaban marchar con normalidad, aunque la realidad era otra.

El marido llegó de visita aquel día que Hilda descansaba. Todo era tranquilo durante la estadía, pero todo cambió cuando un teléfono celular sonó y los celos se convirtieron en la excusa ideal.

“Él me empezó a decir que era el teléfono que me había regalado mi hombre. Y que por eso me había querido quedar ahí”, comienza a recordar poco a poco Hilda algunos de los detalles de aquel amargo momento.

Al esposo de Hilda le habían dicho que ella salía con alguien más. Y los reclamos no se hicieron esperar de inmediato al ver el aparato telefónico desconocido. Al observar la reacción de exabrupto, la mujer de cuerpo relleno se levantó de inmediato de la cama, pero más tardó en intentarlo, pues él de un solo empujón la regresó al mismo lugar.

“Se me tiró encima y empezó a golpearme”, continúa Hilda la historia.

En ese momento un tío de ella llegó para intentar defenderla, pero la avanzada edad del familiar fue un impedimento para defenderla del hombre violento que no la dejaba de golpear.

El ambiente era tan tenso, que sus pequeños no tardaron en darse cuenta de que su papá le estaba pegando sin descanso a su mamá recién operada. Al verse impotentes no pudieron hacer más que empezar a gritar y suplicarle que la soltara. No lo hizo. Hasta los vecinos lograron escuchar aquella escena atemorizante, que tras la suplica de la familia acudieron para lograr quitárselo de encima.

Aún con su herida abdominal abierta, luego de los golpes, ella consiguió llamar a la policía y denunciar.

“Fue la primera vez que me golpeó y también la última”, asevera Hilda sin ninguna expresión cambiante en el rostro.

Una nueva mirada

El proceso en los juzgados contra el marido de Hilda comenzó al poco tiempo después del episodio de violencia física que enfrentó.

Como lo establece la Ley Especial Integral para una Vida libre de Violencia contra la Mujer (LEIV), las instancias le brindaron las atenciones necesarias y le facilitaron los medios para que continuara la denuncia. Incluso fue ahí adonde le recomendaron asistir a una asociación con la que podía contar, se trataba de la Asociación para el Desarrollo Integral de la Mujer Salvadoreña (AMS).

Desde entonces, Hilda recibe atención psicológica y masajes terapéuticos, como parte de su tratamiento integral. El apoyo que necesitaba lo ha encontrado en sus amistades, pues dice que el respaldo familiar nunca lo tuvo, a excepción del de sus hijos.

“Yo tengo apoyo no de mi familia, pero sí tengo apoyo de muchas personas, quizás yo diría ni me imaginaba que esa persona me podría ayudar”, asegura.

Con el respaldo, Hilda dice sentirse más segura de sí misma. “Yo tengo mis varones y, mis varones, respetan a mi niña como que fuéramos una sola persona”, dice.

El más grande deseo de esta mujer, que ha logrado juntar fuerzas para salir adelante es que sus hijos tengan una mejor vida. Por eso, está decidida a darles un buen ejemplo, por lo que ha comenzado a estudiar Comercio en la universidad y así poner un negocio propio en el futuro. Por ahora, vende ropa usada y nueva, además de ayudar a su mamá en una panadería.

Los propósitos de Hilda no terminan ahí, pues a ella también le gustaría ayudar a otras personas que también le necesiten.

 “Me gustaría ser defensora de los derechos de la mujer, y demostrarle a otras mujeres que somos valiosas”, concluye.

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